Y llegó el día. Cuando aprobé Selectividad con una nota tan alta vi el cielo abierto. No sabía cómo plantearle a mi madre que quería estudiar en Madrid, pero, sorprendentemente, fue ella quien me lo dijo. Sólo me puso una condición: tendría que compartir piso, porque no podíamos pagar un alquiler completo.
Dicho y hecho. Hice la matrícula en la universidad y pasé unos días en Madrid buscando piso, entusiasmada. Pero al segundo día mi alegría se había amortiguado bastante. Unos estaban muy lejos de la facultad, otros destartalados, y los del tercer grupo continuaban siendo desmesuradamente caros incluso compartiendo gastos. Cuando ya casi había perdido la esperanza, vi un cartel que me llamó la atención: aparentemente amplio, cercano, zona poco ruidosa y barato. Alguna pega debía tener, pensé, pero aun así fui a verlo.
En cuanto entré, supe que estaba hecho para mí y que diría que sí enseguida. Era amplio, bonito, luminoso, céntrico y barato. Me lo enseñó un chico, un tal Jorge. Inmediatamente me fijé en él, no era excesivamente guapo pero tenía algo que atraía. Claro que en aquel momento no me di cuenta. Sólo pensé que transmitía buenas vibraciones.
- Vivimos tres chicos, y claro, el piso es para cuatro – me contó.
Eso me cohibía un poco. ¿Vivir con tres chicos desconocidos? Pero no podía permitirme el lujo de decir que no, así que acepté.
A mediados de septiembre me trasladé definitivamente. Había feeling con los tres, pero me llevaba especialmente bien con Jorge. Notaba cierta complicidad, e incluso en alguna ocasión me había planteado la posibilidad de insinuarme. Cuanto más le conocía, más me atraía.
Una noche le oí en su habitación. Era sábado, y nuestros dormitorios estaban pegados el uno al otro. Se oían risas que poco a poco se fueron apagando. ¿Estaría con amigos? Entonces oí un gemido, corto y suave. Sabía que no se estaba masturbando, porque le había oído muchas veces y no reconocí ese sonido como tal. Entonces gimió más alto. Era una chica. De pronto y sin saber por qué me sentí celosa. Cerré los ojos y me imaginé que era conmigo con quien se acostaba, mi cuerpo el que recorría con los labios, sus dedos los que acariciaban mi clítoris, que seguro estaría mojado e hinchado como en aquel momento, en que ya me apresuraba y a aliviar el calentón que me provocaba pensar ese tipo de cosas. Siempre que me imaginaba algo con él acababa masturbándome y, encima, ahora le oía gemir en vivo y en directo.
El cabecero de su cama se movía y chocaba contra mi pared. Lo oía todo perfectamente, incluso el final apoteósico en que intentaban ahogar los gritos con la almohada. Fue esa noche cuando decidí que debía salir de dudas, que no continuaría masturbándome en su honor si podía tenerle en vivo y en directo.
Al día siguiente, desayunando en la cocina, oí la conversación de mis compañeros respecto a la noche anterior, sin intervenir, muy interesada en las respuestas de Jorge.
- Y qué, ¿has vuelto a quedar? – preguntaba Raúl.
Contuve la respiración, casi sin darme cuenta.
- No, qué va, mejor esperar, que tampoco quiero nada serio.
- Pero quieres volver a tener algo con ella, ¿no? – insistió nuestro compañero.
- Si surge pues bueno, pero no especialmente.
- Bueno, tiempo al tiempo. ¿Sales esta noche?
- No tengo ni idea, pero supongo que no, hay que estudiar.
Me habría comido a Raúl a besos en aquel momento. Acababa de solucionarme todas las dudas.
Llegó la noche. Ya que Jorge no salía, yo también había puesto la excusa de estudiar y quedarme en casa. Enseguida se lo hice saber a él, dejándolo caer, e hicimos planes de cenar. Una pizza, unas risas, conversación fluida…
- ¿Te apetece una copa? – me preguntó de repente.
Le miré con el ceño fruncido.
- ¿No se supone que tenemos que estudiar?
- Sólo una, en serio, así nos vamos más contentos con los apuntes.
Cayeron un par de copas. Yo no estoy acostumbrada a beber y enseguida noté los efectos. Tuve la impresión de que a él le pasaba lo mismo. Otra copa. De repente, sin pensar, le solté:
- Ayer os oí.
Me miró con los ojos brillantes, supuse que del alcohol, algo perdido.
- Por la noche – concreté – con la chica esa.
- Ahh ya – me miró con sorna, riéndose – ¿y qué pasa, que te pusimos caliente?
Lo preguntó como una broma, pero me parece que algo en mi cara le hizo pensar que había dado en el clavo. Me miró a los ojos fijamente, taladrándome. A pesar del leve sopor por culpa del alcohol supe perfectamente lo que estaba pasando, incluso lo que iba a pasar y llevaba tiempo deseando.
- Te gustaría, ¿eh? – contesté al fin. Jorge arqueó las cejas y me sentí cohibida. ¿Era el alcohol lo que me hacía ser tan… distinta? Cambié de tema ligeramente – bueno, y entonces, ¿qué pasa? ¿No quieres nada más con ella?
- Ahora mismo no me apetece tener novia. Sexo y desenfreno todo el que quieras, pero... nada más.
- Y ella no, claro.
- No es eso, es que… tenemos… gustos diferentes. Los dos son válidos pero a mí me gusta el sexo más…
- Más, ¿qué? – insistí. Me interesaba mucho esa conversación.
- Más salvaje. Pero no he conocido a ninguna chica que le guste eso tanto como a mí.
Sonreí. Él lo captó y me miró, dejando el vaso en la mesa, pero no dijo nada.
- Deberías… tener a una chica cerca con tus gustos… para poder hacerlo cuando quieras, ya sabes… morbosa, caliente, con ganas de complacerte siempre…
Se acercó más a mí. Podía oler su aliento apestando a alcohol.
- No sé si conozco a alguna – me miró de arriba abajo.
- Vaya, es una pena. Alguna que se ponga caliente sólo con oírte cuando te masturbas, no sé, esas cosas.
Se hizo el tonto. Enseguida noté lo que pretendía: hacerme sufrir, esperar, no hacerme saber si quería o no lo mismo que yo, y empezó a volverme loca.
- ¿Sabes lo que quiero? Una chica salvaje, caliente, viciosa, guarra y obediente. Que se corra a lo bestia, que no tenga tapujos ni tabúes, que se deje follar por todos lados, que se exhiba, que si le digo que folle con otro se le dibuje el vicio en la cara, que se ponga cachonda con las humillaciones…
"¡Para, por favor!" pensaba yo, intentando no demostrar mi excitación "a este paso harás que me corra sin tocarme".
- Ah… ajá – murmuré.
Se acercó mucho a mí. Pensé que iba a besarme. Pero, en lugar de eso me murmuró, en la oreja, rozándome disimuladamente con la mano un pezón, como si no se diera cuenta:
- Pero bueno, tendré que esperar a que alguna vez una chica me lo pida de forma convincente, yo no voy a dar ese paso. Podría ofenderla…
Me quedé mirándole, alucinada, preguntándome si realmente sonaba a proposición o era mi mente calenturienta mezclada con el vodka. Antes de que pudiese decir nada se separó de mi oreja y dijo:
- En fin, me voy a estudiar un ratito, aunque no sé si seré capaz con esta borrachera… Si quieres algo… cualquier cosa… ya sabes, ¿no?
Asentí, aturdida.
- Sí, ya sé, claro.
- Puedes pedirme lo que quieras.
Me quedé sentada en el sofá como un maniquí, sin moverme. Mi cabeza bullía ideas. Hacía mucho tiempo que Jorge me atraía sexualmente (bueno, Jorge y mis otros compañeros, Raúl y Alberto) y ahora tenía la oportunidad de llevar a cabo mis fantasías. Pero él no quería echar un polvo y ya. Quería, hablando claro, una puta. Alguien con quien follar en cualquier momento y lugar, y eso ya había que pensárselo mejor. Bueno, ¿acaso no me imaginaba yo cada noche cómo me follaba a cuatro patas? ¿O cómo me taladraba la garganta hasta correrse? ¿O incluso, a veces, como me perforaban los tres a la vez? Intenté mantener la mente fría para pensar, porque si no daba el paso todo seguiría igual, pero si lo daba y después me arrepentía la situación podía ser muy tensa.
Y, como era de esperar, mantener la mente fría mientras mis pezones estaban tan duros que levantaban la tela de la camisa y mi sexo tan mojado que tenía los muslos empapados era imposible, y me vi delante de la puerta de la habitación de Jorge llamando con los nudillos. Él mismo fue a abrirme.
- ¿Qué pasa? – preguntó.
- Es… lo de antes, lo que hablábamos… - empecé a sentirme turbada.
- No tengo tiempo de hablar, tengo que estudiar – dijo cortante – si vas a decir algo dilo ya, y si no vete.
¿Me estaba poniendo a prueba? ¿Quería que me humillase más aún?
- Jorge… Por favor Jorge, fóllame.
- ¿Qué? No te oigo.
- He dicho que me folles… por favor.
Pareció pensárselo y se hizo a un lado.
- Entra, anda.
Se sentó en una silla y me miró. Yo no sé por qué me quedé ahí de pie, sin hacer nada.
- Creía que había quedado claro lo que hablábamos. Yo no quiero a una tía que porque tenga un calentón en un momento determinado y quiera follar venga a buscarme, y menos si vive en mi casa. Podría ser muy incómodo, ¿entiendes?
- No, de verdad, yo quiero hacerlo cuando quieras – confesé, roja de vergüenza.
- Hacer, ¿qué?
- Que me folles.
- ¡No te enteras de nada, Sandra! No quiero follar y punto. Quiero una puta, ¿estamos? Y no solo mía, también de Raúl y Alberto, alguien a quien usar para disfrutar cómo, cuándo y donde queramos, no una niña pija a quien le entra el calentón una vez al mes.
- No, yo quiero… de verdad…
Me sentí más humillada que nunca. ¿Por qué lo hacía? Y, ¿por qué me mojaba?
- Que quieres, ¿qué?
- Ser tu puta, tuya y de quien quieras… ¡por favor!
Se levantó y vino hasta mí. Me abrió los botones de la camisa, en silencio, y después desabrochó el botón de mi falda, que bajó lentamente por mis piernas hasta acabar en el suelo. Palpó mis pezones endurecidos y metió un dedo en mi sexo ya mojado.
- Vale, calentorra ya me has demostrado que eres, porque estas empapada y encima vas sin ropa interior. Si consigues demostrarme que eres puta y obediente, me lo pienso. Dime qué estás dispuesta a hacer, y sin tonterías. No quiero cursiladas.
- No… sé a lo que te refieres – dije, algo avergonzada.
- Pues que nada de palabras finas, si vas a ser puta habla como tal. Nada de penes, pechos… aquí son pollas, tetas y coños. ¿Ha quedado claro?
- Sí. Pues… a lo que quieras. Follarme la boca, el coño, estar con quien sea, tragar leche, correrte donde te apetezca, exhibirme, me da igual con tal de ser tu puta – dije casi sin respirar.
- ¿Encularte? ¿Te han enculado ya?
- Alguna vez, aunque no es lo que más me atrae, pero…
- No te he preguntado si te gusta, te he preguntado si te han enculado y si estás dispuesta a que te lo hagamos.
- S.. sí.
- ¿Tríos, orgías?
- He hecho dos tríos, y estoy dispuesta a hacerlo con quien sea.
- ¿Qué pasa si te pongo de rodillas, te violo la boca y te atragantas con mi polla?
- Nada. Sigo comiendo.
- ¿Si me descargo los huevos en tu boca?
- Me lo trago si no me dices lo contrario.
- ¿Si te digo que eres una zorra que solo sirve para ser penetrada?
- Que… me excito – murmuré.
- ¿Cómo dices?
- Que… me pone cachonda.
- ¿Si te follo sin darte permiso para correrte?
- Obedezco.
- ¿Incluso si después te prohíbo masturbarte?
- Me costaría, pero obedecería.
Me sostuvo la mirada unos instantes y después se levantó y dio vueltas a mi alrededor. Se situó a mi espalda, agachado, y me habló al oído.
- Imagina que vamos juntos en el metro. Tú vas con minifalda, muy corta y sin ropa interior, y yo quiero que se den cuenta de lo zorra que eres. ¿Qué haces? ¡Deprisa, piensa rápido, lo primero que se te pase por esa mente calenturienta!
- Me… me siento y abro las piernas subiéndome un poco la falda… iría depilada como ahora… me… me meto un dedo en el coño disimuladamente… lo saco mojado… lo chupo sonriendo al de enfrente… me pongo de pie…
Jorge se puso delante de mí y se sacó la polla del pantalón. Por primera vez se la vi. ¡Con la de veces que la había imaginado! Parecía normal de tamaño, gordita y mojada. Al mirarla menearse arriba y abajo me calenté más y me desconcentré, perdiendo el hilo de lo que le estaba contando.
- Deja de mirarme la polla y sigue contándome.
Volví a clavar la mirada en el suelo, que era el único lugar donde no me sentía avergonzada, y seguí hablando. ¿Qué más podía decir? Tenía que pensar y rápido. Además, pensar en esa polla dentro de mí no hacía sino calentarme más, y volverme más viciosa y más caliente.
- Me pongo de pie… Alguien que se haya dado cuenta ya me mira el culo… me agacho sin doblar las rodillas y la falda se me sube un poco…
- ¿El culito queda al aire?
- Sí… sí, un poco… y yo estoy cachonda y noto que me mojo e incluso me resbala por los muslos un poco…
Dejó de menearse la polla y me miró.
- ¿De verdad quieres ser mi zorra?
- Sí.
- Mía y de quien yo quiera, recuérdalo.
- Sí.
- ¿Tus límites?
- Nada de dolor extremo. Ni cosas desagradables.
- Define "desagradable".
- Pues scat, o cosas así, ahora mismo no sé…
- Ya, ya. Está bien, nunca había pensado en eso. Quiero una puta, no un váter. ¿Las corridas te suponen un problema?
- No, me gustan.
- Ya sé que te gustan, zorrita, digo que me corra en tu precioso coño…
- No… o sea, tomo la píldora, pero…
Por suerte detectó mi preocupación y se apresuró a deshacer el equívoco.
- No, tranquila. Conmigo puedes estar tranquila, no dejaré que cualquiera lo haga, no tengo tan poca cabeza.
Asentí con la cabeza, tranquila.
- Vale – accedió – lo pensaré seriamente.
Dio media vuelta. Yo continué sentada, medio atontada, sin saber que hacer. Se quitó los vaqueros y se quedó en calzoncillos. Se volvió de nuevo a mirarme.
- Vete a la cama – ordenó.
- Es que…
- Yo no he dicho que vaya a follarte ya.
- No, ya lo sé, pero… - cogí aire profundamente. No creía lo que estaba a punto de decir. ¿De verdad era yo misma? – quiero demostrarte que lo digo en serio.
Me miró fijamente. Abrió la boca para decir algo pero volvió a cerrarla.
- ¿Cómo sé que lo que no quieres es que te folle para correrte a gusto y punto?
Me encogí de hombros.
- Fóllame la boca. Con eso no me correré y te demostraré que no lo hago con esa intención.
Su mirada revelaba cierta desconfianza.
- ¿Y qué ganas tú con esto?
- Tu confianza, espero, y tenerte complacido.
Pareció gustarle mi respuesta y se sentó en la cama. Se sacó la polla y los huevos.
- Aquí. De rodillas delante de mí. Ya.
Sin que me lo dijera dos veces, prácticamente me abalancé sobre él. Me dio unos golpecitos con su miembro duro y mojado en las mejillas. La busqué con avidez, abriendo la boca. Él me agarró la cabeza y me la clavó hasta dentro. Con delicadeza pero con firmeza agarró mis manos y me las puso a la espalda.
- No las muevas de ahí – murmuró.
Con una mano me movía la cabeza arriba y abajo y con la otra pellizcaba mis pezones. Al principio me movía despacio, clavándomela profundamente, pero tardó poco en hacerlo como un poseso, arriba y abajo. Se me clavaba hasta la campanilla dándome arcadas e incluso me lloraron los ojos. Se dio cuenta pero no se detuvo. Incluso cuando me soltó la cabeza, dijo:
- Muy bien puta, mantén el ritmo solita.
Empezó a acariciarme el culo con las manos, pellizcándolo, masajeándolo, y en una de esas me soltó un sonoro azote. Me sorprendió tanto que me quedé quieta y me atraganté con su polla. Dio otro.
- No recuerdo haberte dicho que parases.
Continué con mi labor, sintiendo algunos azotes esporádicos que provocaban que mi coño chorrease al máximo. Jorge me agarró la cabeza de nuevo y la empujó hasta el final, hasta que noté una arcada tan intensa que se me hacía difícil respirar.
- Ah… trágatelo todo… ahí va, ahora veremos si eres tan guarra.
Un primer chorro de leche caliente me dio de lleno en la garganta y tragué con avidez. Después vino un segundo, un tercero, y perdí la cuenta, sólo supe que debía tragarlo, y me di cuenta de que hacerlo aún me calentaba más. Cuando me agarró del pelo y tiró hacia arriba, sacándome la polla de la boca, tosí varias veces y después me relamí la comisura de los labios, recogiendo con la lengua los restos de la corrida.
Suspiró y me soltó la cabeza, descansando. No me moví hasta que me dijo que me pusiese en pie.
- Duermes boca abajo, ¿verdad? – me preguntó, cogiendo algo de su mesa.
- Sí.
- Ven conmigo.
Fuimos hasta mi habitación y me ordenó desnudarme y poner las manos a la espalda para atármelas con una pequeña cuerda, que es lo que había cogido de su cuarto. Yo me dejé hacer, y después de eso me besó. Nuestras lenguas se buscaron, y volví a notar como mi coño se mojaba irremediablemente…
Luego me llevo hasta mi cama.
- Túmbate. Boca abajo. ¿Estás cómoda?
"He estado mejor" pensé. Pero en lugar de eso asentí con la cabeza. Tampoco estaba mal del todo.
- Te he atado para evitar tentaciones. Me has hecho disfrutar mucho – aquel comentario me llenó de orgullo – ahora quiero que me demuestres que puedes aguantar. Si lo haces, si la noche pasa sin contratiempos y eres capaz de no correrte, a partir de mañana serás nuestra puta.
- ¿Nuestra…? – pregunté.
- Sí. De los tres. Alberto, Raúl y yo. ¿Qué te parece?
Lo estaba deseando y creo que se me notó en la cara.
- Sería… un placer, un honor para mí.
- Pues hasta mañana.
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